
La escasez y el deterioro en el conocimiento de la filosofía y la historia también afectan a los nuevos jardines del siglo XXI. Durante siglos, desde la Antigüedad, el jardín como expresión humana se acompañó de las deidades del hombre. Estas han sido, de hecho, esenciales para la expresión de jardines antiguos, clásicos y modernos hasta bien avanzado el siglo XX.
Al crear el Romeral de San Marcos en Segovia, Leandro Silva mantuvo símbolos que, a modo de guiño, recordaban que los jardines cuentan con algo más que los cuidados del jardinero: en ellos residen la historia y la filosofía. Las conchas, los mascarones de león y el relieve del fauno no obedecían a un mero afán decorativo; cada símbolo recordaba que el jardín poseía los elementos espirituales esenciales para ser considerado como tal.
El jardín doméstico de la antigua Roma constituía un espacio vegetado de gran utilidad para la vida de sus moradores; sin embargo, su diseño partía siempre de la ubicación del altar. Cuando la domus logró expandirse más allá del atrio, incorporando un espacio abierto al cielo y organizado mediante galerías —el peristilo—, se consolidó uno de los centros espirituales del hogar: el jardín (hortus).

Antes de introducir las plantas, se colocaba el altar: una mesa o tabla, generalmente de piedra rectangular sobre dos pies, que permitía orar y realizar cultos. Era común la presencia de esculturas sobre pedestales o en hornacinas en los paramentos. Una vez resuelta la ubicación del altar y el sistema de recogida de agua, se procedía a cultivar la vegetación atendiendo a necesidades espirituales y domésticas. En este contexto, surgía una labor fundamental de encaje y adaptación botánica, tarea de la que se encargaba un profesional específico: el topiarius, encargado de practicar la ars topia.
Cuando el peristilo se organizaba con cuatro galerías porticadas, el altar generalmente quedaba situado de forma exenta en el centro del jardín. En cambio, otras excavaciones localizan el altar contra el muro cuando el peristylium se construye sobre solo dos o tres galerías.

Ante este proceso de creación de espacios para la divinidad y el culto, los jardines iniciaron una estrecha relación con deidades vinculadas a la agricultura, tales como Ceres, Proserpina, Genita Mana, Flora, Pomona, Júpiter y Tellus. Sin embargo, gracias a las investigaciones y al conocimiento proporcionado por la arqueología, la literatura y los frescos, sabemos que quien verdaderamente conquistó el jardín hasta hacerse su figura principal fue Venus.
Esta antigua diosa romana era la divinidad más importante de los jardines; en sí misma, representa la esencia del jardín. Era considerada la protectora del hortus y de todas las plantas situadas en su presencia. Varrón y Plinio mencionan a esta divinidad protectora. Aunque también se la asoció con Afrodita, la diosa griega de la fertilidad, esta cualidad se transfirió en Roma de los hombres a las plantas. Incluso se la vinculó con la divinidad conferida a Flora y Pomona.

La popularidad que alcanzó dio lugar a que se situara la escultura de Venus en casi todos los jardines romanos. En un capítulo sobre estatuaria y elementos del jardín, Plinio describe diversos objetos e incluye la presencia de Venus, citando especialmente la célebre estatua conocida como la ‘Afrodita de los jardines’ de Alcamenes en Atenas.
La pose clásica de Venus en el jardín es sinuosa y sensual, representada en ocasiones con una ligera vestimenta dorada. En otras, aparece como la Venus Pudica —intentando ocultar sus atributos—, cuya versión más célebre es la Venus Capitolina. Existen también representaciones más propias de jardines pequeños o recintos privados que sitúan a la diosa agachada, ya sea calzándose una sandalia o emergiendo del agua en el centro de una fuente o estanque.

Venus surgiendo de las aguas se convertirá en la temática central de muchas fuentes en el jardín occidental, especialmente en el periodo romántico del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX. En estas composiciones, la diosa suele aparecer acompañada de delfines o peces que actúan como surtidores; en otras ocasiones, el agua fluye a través de conchas marinas, crustáceos o tritones, estos últimos en referencia al séquito de Neptuno.
A partir del siglo XVIII, la presencia de Venus no siempre fue directa, sino que se manifestó mediante simbologías alegóricas: la paloma, la rosa o la rama de mirto, elementos considerados sagrados desde la Antigüedad. Finalmente, entre los rituales celebrados en los altares del jardín romano para honrarla, destacaba el sacrificio de liebres, animal que representaba la extraordinaria fertilidad atribuida a la diosa.

En La vigilia de Venus (Pervigilium Veneris), la diosa invita a Ceres, Eros, Diana, Apolo, las ninfas y las Gracias a adentrarse en el bosque de mirtos. Este es un momento clave para el jardín, pues Aglaia, Talía y Eufrósine —las Tres Gracias— despliegan sus encantos, conformando un estándar de belleza para el cual el jardín de mirtos constituye el escenario idóneo. A través de este mito, la mujer observa y asimila las cualidades femeninas que Venus incita; así, la diosa se establece como un ideal de belleza, elemento esencial en el desarrollo del jardín.
Para dirimir quién era la más hermosa de las divinidades, Paris tuvo que elegir entre Atenea, Hera y Venus. Fue esta última quien recibió la manzana de oro y, en ocasiones, se interpreta que las Tres Gracias representan las distintas facetas de esa elección. De este mito surge otra iconografía representativa: Venus sosteniendo la manzana, el premio a su supremacía estética.
En la historia del arte, cuando Venus sostiene la manzana (la Venus Victrix), no solo celebra su belleza, sino su victoria sobre la sabiduría (Atenea) y el poder (Hera), lo que justifica que el jardín sea un espacio dedicado al placer visual y sensorial por encima de lo puramente utilitario.
Concluimos, por tanto, en la importancia capital de Venus para el jardín, al que dota de cualidades tan esenciales como la fertilidad, el agua y la belleza. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa define la esencia de un jardín?
Guillermo Cuadrado, jardinero.
Febrero, 2026.